08
Sep
07

Venghi, el vencejo fiorentino (I)

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Los pequeños estaban en su nido, impacientes. Mamá no llegaba con el preciado botín. La espera se hacía insoportable, y es que el hambre no tiene piedad, más aún cuando se es una cría con las plumas recién crecidas y que no sabe volar. No es fácil ser un pollo de vencejo. Los vencejos son aves muy extrañas. Parecen rapaces en miniatura, con patas diminutas, casi sin desarrollar. Poseen un hambre voraz, y necesitan ingentes cantidades de alimento para sobrevivir. A veces, las sacrificadas madres, recorren miles de kilómetros en busca de sustento para sus crías. Sin embargo, Venghi, el pequeño vencejo color marrón oscuro que piaba con sus hermanos, todos hambrientos, no entendía como, en una ciudad como Florencia, llena de bichos instalados en el río Arno, su mamá podía demorarse tanto. ¿Tan difícil es encontrar miles de insectos con que alimentarme? Si bien es cierto que el vencejo es un ave que prácticamente vive volando y casi nunca se posa; come, duerme, incluso copula en vuelo, sí lo hace en cambio para anidar y cuidar de su prole. Para el vencejo puede resultar un verdadero problema caer a tierra, ya que con sus patas, como minúsculas garritas, y sus largísimas alas, no pueden remontar el vuelo sin ayuda. ¿Habría caído mamá al suelo? No es probable, aunque ocurre a veces, ya que la mamá de Venghi, como todos los vencejos, es un ave especializada en el vuelo. Los reyes del aire, junto con sus primas las golondrinas. Sin embargo a Venghi le pudo el miedo, el hambre y la curiosidad. Quiso asomarse para ver si su madre se encontraba cerca ya, con el alimento que tanto anhelaba, como si así fuera a regresar antes. Calculó mal y cayó. Pequeñito como era, con su patitas a medio hacer, sintió como que volaba, con el aire agitando sus plumillas y su pelusa de pollo joven. El suelo no era blando, pero el golpe no le mató. Su destino estaba escrito de antemano. Todo pollo de vencejo que cae de su nido está sentenciado a muerte. A veces ocurre que la madre llega justo a tiempo para salvarlo, pero lo más usual es que durante su larga ausencia, la cría muera deshidratada, aplastada o devorada por algún gato callejero.

Aquel día Elena había discutido con su novio. Hacía un calor insoportable, en pleno mes de Julio, las cuatro de la tarde no era un momento atractivo para pasear, pero ella quería estar sola y salió. Caminaba por el Lungarno, a la orilla del río, y decidió descansar bajo un imponente árbol, para disfrutar de su fresca sombra y contemplar la belleza que puede ofrecer una ciudad como Florencia. Sentada, miraba al cielo, absorta en sus meditaciones, miró luego al río, con sus patos y nutrías disfrutando del agua y cuando desvió su atención para no mirar nada en especial, sólo las raíces del árbol que le daba cobijo, allí estaba Venghi. ¿Qué era aquello? Cuando se acercó no podía creerlo. Era un pajarillo caído de su nido. Sin dudarlo lo cogió, lo arropó con su camiseta, haciendo un hueco en ella, y se lo llevó consigo rápidamente. Su novio iba a matarla, pensaba por el camino. Él no entendía su amor por los animales. Probablemente muriese y entonces ella sufriría mucho, como siempre. ¿Por qué tenía que ser tan sensible y sufrir tanto por todo? Ahora se iba a meter en un buen lío. Ya se imaginaba la escena: su novio increpándola por haber traído a un animal moribundo, un ave además, que no era un gorrión común, era más extraña. Jamás había visto una igual en su vida. Parecía una golondrina, pero no acertaba a vislumbrar de que tipo de ave se trataba. ¿Qué comería? Pan y leche, como todos los pajarillos caídos del nido que había encontrado cuando era pequeña. Su novio le iba a decir que estaba loca. Le regañaría y ella se echaría a llorar. Casi contenía el llanto, viendo al polluelo con sus ojos cerrados, a punto de morir. Llegó a casa y respiró profundo. Tenía que ser valiente. Había encontrado un animal que necesitaba ayuda, y ella iba a prestársela, con el apoyo de su novio o sin él.

Venghi sintió un tremendo golpe al caer del nido. Fue tal el impacto que no pudo moverse durante un buen rato. ¿Que había pasado? ¿Dónde estaba mamá? Tenía hambre y mucha sed. Hacía demasiado calor y el sol lo estaba asando. Podía oír como sus hermanos llamaban a su madre desde el nido. Él quiso piar, pero no tenía fuerzas. Iba a morir, aunque no pensó en ello. Sólo pensaba en beber agua y en el pico de su madre lleno de mosquitos del Arno. A pesar de lo alto que se encontraba su nido, había conseguido planear con sus alitas a medio hacer y amortiguar el descenso hasta tierra. Los nidos de vencejo se suelen construir en las partes más altas de un frondoso árbol. Al ser animales cuya vida se desarrolla en el aire, para sentirse seguros y proteger a su prole, edifican sus nidos al amparo de un árbol poblado de hojas y lo más alto posible. Esto sin embargo trae aparejada la desventaja de que ante un accidente: un golpe de viento, una cría inquieta (como Venghi), se haga más difícil la supervivencia. Venghi, sin embargo tuvo una oportunidad, gracias a una joven que pasaba por allí. Sintió como una piel sin plumas lo elevaba en el aire y lo depositaba en un nido mullido y fresco. Tras un rato en el que sintió que lo mecían suavemente, notó como su pico se humedecía con agua fresca. Lo instalaron en un nuevo nidito, a la sombra, fresco y suave, y durmió dulcemente, sólo pensando en que necesitaba alimento. Al menos ya, su mamá le había dado agua. Confiaba que pronto disfrutaría de una buena pitanza.

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