22
Sep
07

¿Quién admira a El Pocero?

Estos días he leído con estupor una columna, en El XLSemanal, del carismático comunicador radiofónico Carlos Herrera. No suelo prestar mucha atención a sus historias, plagadas de fervor taurino y de crónicas gastronómicas dignas de un sibarita. Es usual que lea con fruición a don Arturo y a Juan Manuel de Prada, si se tercia, y salte con desdén las anodinas historias de “dolce vita” del comunicador andaluz. Esta vez, empero, algo captó mi atención. Sí, lo confieso: he conocido a El Pocero rezaba el título de su columna, como si alguien quisiera acusarlo de algún atroz delito. De hecho, el día que decidí leer semejante declaración de principios, entrevistaba a dicho empresario en su emisora, excitado como un adolescente fanático que conoce a su cantante favorito. El caso es que don Carlos Herrera admira profundamente a Francisco Hernando, El Pocero. Porque un hombre que parte de la nada más absoluta, que no sabe escribir, que pasó hambre de niño y que se ha convertido en un todopoderoso constructor millonario, debe al menos despertar nuestra curiosidad. A don Carlos, en cambio, le fascina. Ya reconoce de antemano que no es políticamente correcta su adhesión a semejante personaje. Sin embargo, los que le conocemos de las ondas sabemos que al insigne comunicador le encanta envolver su persona en un aura de incorregibilidad que lo hace, a su parecer, irresistible. Sabe que el Pocero es un personaje polémico, investigado por la Fiscalía Anticorrupción por posibles irregularidades, mas ha construído una macrourbanización en Seseña que es para quitar el hipo, señores; y los pisos están muy bien hechos y muy baratitos. Además crea puestos de trabajo y dinamiza la economía española. Claro, señor Herrera, la economía española, del ladrillo y el cemento, no otra. La única que hay, ¿no es verdad? ¿Quién puede criticar a un hombre que presta semejante servicio a la comunidad? La izquierda arbitraria y mezquina que sólo se fija en su analfabetismo, en sus costumbres de nuevo rico hortera, en su modales nada aristocráticos y en sus yates y ostentosas fiestas. La envidia que nos corroe a todos porque un hombre que era pobre, se hizo rico a golpe de ladrillo. Nada que ver con un fenómeno típicamente español (que salvo intermitentes parones, no ha cejado desde los años sesenta), como es el del garrulo que se enriquece a base de ladrillazos, tipo Jesús Gil o Sandokán. Nada que ver con el crecimiento exacerbado de urbanizaciones mastodónticas, recalificaciones y corrupción en ayuntamientos a causa del negocio inmobiliario; nada que ver con la especulación del precio del suelo y la vivienda, y de la dificultad que tenemos los jóvenes de emanciparnos a no ser que compremos un piso entre tres o cuatro compadres. Al final va a ser que la opinión pública condena injustamente a un hombre que forma parte del engranaje económico de un país que es incapaz de crear puestos de trabajo ajenos al ámbito de la construcción; cuyo mercado laboral no puede absorver trabajadores cualificados; un país donde la única forma de enriquecerse más rápido y mejor es recalificando y construyendo. ¿Cuál es el problema? ¿Que van a ganar muchos millones y van a ser sólo para el Pocero? ¿Qué era más bonito el paisaje sin edificios? Huelga decir que don Carlos Herrera ha buscado la provocación gratuita con este artículo, como suele hacer también arremetiendo contra los antitaurinos o los ecologistas desde las ondas. Se parapeta en la idea absurda de que el Pocero es criticado por su origen humilde (Hernando despierta los habituales recelos clasistas de la España más tradicional, que es la que se tiene por moderna). No se trata de que el constructor haya sido un hombre llano y sin estudios que empezó limpiando alcantarillas. Puedes admirar a un personaje que ha partido de la miseria y ha salido adelante ganando dinero a espuertas haciendo pisos; los hay que admiran a Nacho Vidal, cuya labor también es encomiable. Allá cada uno con sus valores. La cuestión está en que Herrera glorifica a un empresario cuyo único mérito ha sido enriquecerse desmesuradamente, haciendo lo mejor que hacemos en España: construir. Ya no está de moda venerar a personajes cuya vida no esté marcada por la virtud de saber hacerse rico. A mí, por ejemplo, me erotiza la vida de J.K Rowling (creadora de la saga de libros de Harry Potter), pero esa es escritora e inglesa; no cuenta. En España ya sabéis cual es el método. Nada de estudiar; trabajar desde los catorce, ahorrar mucho e invertir en el ladrillo. Hace tiempo todos querían ser como Mario Conde (al menos se alentaba el formarte para ello); ahora el paradigma del éxito lo tenemos en don Francisco Hernando el Pocero. Que luego don Carlos no critique a la ministra de educación, y menos a la de vivienda. ¿Nadie ha caído en que los jóvenes no estudian en España porque entienden que no es necesario? Espero que al final, nuestro populista locutor y columnista, no tenga que tragarse su artículo, con tinta incluida, cuando descubramos que el espíritu de Jesús Gil sigue vivo.

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1 Response to “¿Quién admira a El Pocero?”


  1. 1 dac
    22/09/2007 en 16:18

    plas plas plas! Muy buena, a mi Carlitos no me cae naaada bien…


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