15
Oct
07

Día Festivo.

Gran jornada la del viernes pasado, día de la Fiesta Nacional, en el que, como es costumbre, hicimos gala de la magnificencia del ejército, la legión, el rey, la bandera, la cabra y la grandeza de España. Lo de siempre. Para darle emoción, además, hemos asistido a la utilización electoralista del citado día por parte de los de siempre. El vídeo de Rajoy daba dentera, con esa mirada a cámara, vacía, inexpresiva, como de vaca sagrada, animándonos, como si fuera necesario, a sentirnos orgulllosos de ser españoles, sacar la bandera y todas esa cosas. Que duro es ser español y tener que asistir a semejantes escenas propias de una nación paleta donde las haya. Sinceramente, todo el debate vivido a cuenta de la bandera, el rey, la españolidad, el video de Mariano, los abucheos al presidente… me aburren soberanamente. El viernes pasado, lejos de caer en una euforia desmedida ante la evidencia que supone ser español, con un día de fiesta que disfrutar, decidí celebrarlo asistiendo al cine a ver una película española (El Orfanato). Nadie podrá discutir mi patrotismo y todo ello sin tener que enarbolar una sábana roja y gualda ni gritar a todos como un demente lo orgulloso que está uno de ser español. Semejante actitud es la que esperaba Rajoy de toda la nación. A mí me parece una memez. Cuando alguien tiene claro un concepto, reacciona con normalidad, casi con indiferencia, ante un hecho que a estas alturas no supone una gran emoción. Sí, somos españoles, y qué. No demostramos nada con banderas y golpes de pecho. Que hartazgo de debates absurdos, estériles y estúpidos. Que se preparen ambos partidos porque en las próximas elecciones asistiremos una abstención histórica. Ninguno se merece nuestros votos. Pandilla de necios.

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Sí merece, en cambio, especial atención la película de Juan Antonio Bayona, producida por Gillermo del Toro, El Orfanato. Parece que el cine español experimenta un leve cambio, o digamos quizá, una diversificación de la oferta en cuanto a sus títulos se refiere. Ante el descalabro de renombrados cineastas, como Julio Medem (cuya Caótica Ana ha sido un fiasco), se ha apostado por un film de terror o de fantasmas, ambientado en una casa encantada y con Belen Rueda y muchos niños de protragonistas, para representar a España en los premios de Hollywood. La historia no aporta nada nuevo al género de aparecidos. Como ya hiciera Amenábar con su Los Otros, el film, aborda el tema de la vida después de la muerte, la existencia de espíritus y el esoterismo. Todo ello, en cambio, tratado de una manera eficaz para ofrecer al espectador una historia interesante y muy bien elaborada. No es más que una película fantástica con vocación de entretener; objetivo denostado durante años en nuestro país para favorecer un cine más profundo, supuestamente, de corte realista y social. Sin embargo parece que se está cediendo cancha a directores que quieren dejar la realidad a un lado, al menos en parte, y explorar así el maravilloso y romántico mundo de lo sobrenatural.

Con El Laberinto del Fauno, del ahora productor Gillermo del Toro, se captó la atención de un público ávido de buenas historias que permitan evadirnos de la realidad. El espinazo del diablo, del mismo director, ya abordó el tema de los espíritus hace algunos años; ambos filmes enmarcados en la realidad que supuso la Guerra Civil. Asistimos a una paulatina transición hacia el género fantástico, que quiza signifique la inminente recuperación del cine español. Dentro de poco el inefable Alex de La Iglesia (como ven, no puedo ocultar mi admiración) estrena nueva cinta y esperemos que siga deleitándonos con su buen hacer como es costumbre. Amenábar lleva tiempo desaparecido, después de su película Mar Adentro, y ya es hora de que vuelva por sus fueros y se sume a esta oleada de creaciones llenas de fantasía e imaginación. ¿Para cuándo un film de ciencia-ficción con sello español? Retos cinematográficos que todavía quedan por explorar y cuyos resultados pueden llegar a sorprendernos.

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En el cine español no está todo perdido. La elección de El Orfanato, independientemente del resultado en los Oscars, es una buena decisión. Se trata de una declaración de intenciones por parte del gremio cinematográfico que ve como su público, que es para quienes van dirigidos los productos audiovisuales, huye de las salas, no sin razón, y las deja vacías; algo intorelable para un país que se tiene por moderno y cultivado. El cine es un negocio; Hitchcock y Kubrick lo sabían, y nada les impidió hacer buenas películas. Los cineastas españoles deben mimar más a su público y ser más audaces. La etapa del cine de autor, costumbrista y social se ha quedado obsoleta. Ahora es el turno de una nueva generación de directores que no tienen complejos intelectuales y quieren darle otro color al panorama cinematográfico.

El Orfanato merece que movamos nuestro culo del sillón y lo plantemos en la butaca de una sala de cine. El Día de la fiesta Nacional fue desde luego lo mejor que pude hacer. Las banderas me marean, y respaldar el cine español, es quizá la mejor manera de hacer gala, de forma discreta, de nuestro patriotismo. Por cierto, la selección ganó a Dinamarca; aupa España.

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