25
Jun
08

Crónica sardónica de una ministra “inútila”.

Érase una vez una ministra de igualdad que soñaba con un mundo más justo para las mujeres; donde no hubiera violencia ni discriminación; donde hubiera miembros y “miembras”, “futbolistos” y futbolistas, “ciclistos” y ciclistas, “gimnastos” y gimnastas, “taxistos” y taxistas, conserjes y “conserjas”, etcétera (y “etcétero”).

La ministra se llamaba Bibiana Aído, nació en Cádiz y llegó al ministerio con treinta y un años gracias a su incuestionable talento, su extensa erudición, (fruto de sus estudios en LADE), y a su compromiso con el pueblo llano (del que ella es un claro ejemplo), por lo que se afilió al PSOE, el partido más honrado y transparente de cuantos han existido en Europa. Era una mujer muy “inteligenta” por lo que pronto consiguió ocupar puestos de responsabilidad hasta llegar al cénit en su carrera política; algo que sin duda haría historia.

En aquellos días era muy necesario un ministerio de igualdad y se hizo un profundo esfuerzo, a pesar de la coyuntura económica, para ponerlo en marcha. Los problemas de las mujeres por entonces giraban en torno al maltrato y la discriminación laboral, entre otros. Pero también era muy importante o “importanta” mejorar la lengua (muy machista y androcéntrica a pesar de tener género femenino) ya que por culpa del uso indiscriminado del género masculino, las mujeres sufrían la violencia de sus parejas o exparejas, eran discriminadas en el trabajo, cobrando menos o siendo despedidas por ejercer su derecho a la maternidad. Así, Bibiana dio con el quid de la cuestión, algo en lo que nadie había caído: el machismo estaba en la lengua.

Desde aquel momento, y gracias a los maravillosos resultados que generaron las transformaciones lingüísticas, fue cuando la mesiánica ministra se dio cuenta de cuál era la fórmula mágica para resolver todos los problemas de las mujeres. Aparte del teléfono para maltratadores, que erradicó la violencia en todos los ámbitos de la sociedad, no sólo en lo relativo al maltrato de género, la ministra tomó una decisión que cambiaría el mundo para siempre. Se trataba de algo obvio, en lo que nadie había reparado antes. La forma óptima de igualar a hombres y mujeres era separarlos. Cabe mencionar que en aquellos días las mujeres no tenían derecho a visitar las bibliotecas públicas y apenas se escribían libros por y para mujeres. La literatura estaba monopolizada por escritores machistas y reaccionarios como Antonio Gala, Marsé o Boris Izaguirre y escritoras como Ana María Matute, Laforet, Martín Gaite, Lucía Etxebarría, Laura Esquivel, Zoe Valdés, y algunas otras más, apenas podían publicar sus trabajos debido a la represión que sufrían por parte del Estado (que no “Estada”, como debería ser) androcéntrico, machista y opresor. Y fue por estas razones y muchas más que la ministra Aído decidió crear bibliotecas sólo para las mujeres, con libros sólo escritos por mujeres y en los que las protagonistas fueran, por supuesto, mujeres de izquierdas y feministas.

La medida fue tan revolucionaria que pronto se extendió a otros países y al resto del mundo surgiendo así grandes bibliotecas sólo para mujeres en las que el machismo no podía traspasar sus umbrales. Pronto se hicieron teatros para mujeres, en las que se representaban obras escritas por “dramaturgas” y protagonizadas sólo por actrices; luego vinieron los cines para mujeres, donde sólo se pasaban películas dirigidas por mujeres y protagonizadas por mujeres; y así se acabaron creando librerías, bares, discotecas, centros recreativos, gimnasios y asociaciones culturales sólo y exclusivamente para mujeres. Y fue entonces cuando las mujeres dejaron de ser maltratadas porque desapareció la violencia; y fue entonces cuando las mujeres dejaron de ser discriminadas porque desaparecieron los prejuicios, la ignorancia, el egoísmo, el miedo, el odio y la iniquidad del mundo circundante. El buen rollo reinó entonces por doquier y todo el mundo fue feliz y “feliza” gracias a la ministra Bibiana “Fantástica” Aído.

No obstante la ministra, al ser tan “inteligenta”, se dio cuenta de la contradicción que suponía que los colegios e institutos públicos fueran mixtos, contraviniendo su medida de separación entre hombres y mujeres. Y así, volvimos a la escisión entre sexos en las escuelas y universidades, por el bien de la sociedad y para gloria de la que después sería la primera presidenta del gobierno en España.

Hubo quien alzó la voz y opinó que la separación entre hombres y mujeres se asemejaba de forma siniestra a los tiempos de la Dictadura Franquista en que éstos estaban separados en todos los órdenes de la vida social, mas las críticas no fueron atendidas; no era más que propaganda subversiva de derechas (a pesar de la ideología anarquista del rebelde que las profería) por lo que fueron acalladas y se obviaron.

Y finalmente España se libró de sus problemas, superada la crisis económica que tan bien gestionó el gobierno de Zapatero, gracias a la mejor y más “útila” ministra que ha dado jamás un gobierno democrático.

Que Diosa la bendiga y la guarde de los malvados que la critican y se ríen de ella.

FIN

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