24
Jun
09

Compartir piso.

“Chaval, al llegar a cierta edad ya no se está para compartir piso”.

Ésa fue la inevitable conclusión a la que llegamos mi buen amigo Esteban y yo, tras intercambiar historias sobre este respecto, tomando cañas al sol del Balneario. Y debo aclarar que en mi caso puedo darme con un canto en los dientes, porque no pude dejar de asombrarme ante el repertorio de historias peregrinas con las que Esteban consiguió amenizar y turbar mi atribulada mente.

Su compañera de piso, Estela, es una mujer de treinta años aparentemente normal, si no fuera por los más de cien kilos de peso embutidos en un cuerpo de uno cincuenta de estatura. Habladora como pocas, no calla ni con la boca llena, que suele ser a menudo. Yo la he conocido y por ello me cuesta creer lo que oigo, ya que a primera vista, con la salvedad de padecer una obesidad escandalosa, parece ser una mujer encantadora.

Bien es conocida la capacidad del ser humano para aparentar lo que no es con la destreza de un camaleón. Y ese era el caso de Estela. Al principio creí tener ante mis ojos a una mujer madura, seductora, inteligente, aunque algo egocéntrica. Pero pronto, y con la ayuda de Esteban, pude comprobar que la repetición constante del “yo”, seguido de anécdotas estúpidas y sin sentido, se sucedían en exceso, lo que denotaba algún tipo de tara mental. Más tarde mi amigo dejó de invitarla a nuestros encuentros y pronto pude comprobar el alcance de su idiotez.

Ya no me acordaba de la tos crónica con que intercalaba sus peroratas ni de la risa estentórea que taladraba el tímpano, pero Esteban las mentaba siempre en sus historias. La tos era perenne, de día, de noche, a todas horas, y por ello mi camarada debía dormir con tapones en los oídos, aun cuando su vivienda no sufría de ruidos molestos procedentes del exterior. Su risa era el preludio de un apocalipsis, provocada por la estupidez más ridícula y sobrevenida sin previo aviso.

La escatalogía ocupaba más de la mitad de los relatos de mi amigo. Esteban encontraba salpicaduras de excrementos en la pared del baño, la taza del váter e incluso en la cisterna. Los hábitos de una alimentación desenfrenada, llena de chocolate, azúcar, pan, patatas de bolsa y demás porquerías hipercalóricas, hacían que la consistencia de sus restos intestinales fuera muy deficiente. Todo ello, sumado a un culo tan grande como un zepelín, que no cabía en la taza del inodoro, provocaba nefandos accidentes que ni por asomo solucionaba después con agua y lejía. Según Esteban, a ella le daba igual: lo dejaba todo allí como si fuera una obra de arte; además después de defecar, dejaba la puerta del baño abierta para que todos sintiéramos la potencia de su aparato digestivo.

Luego estaba el típico tema de la higiene. Todos hemos tenido un compañero guarro alguna vez. Pero Estela era especial. Ella despotricaba de la falta de pulcritud de sus antiguas compañeras de piso y presumía de ser una mujer muy curiosa con el tema de la higiene personal y doméstica. No obstante siempre dejaba pelos en la ducha, la frenada en en el baño y la grasa en las sartenes; un clásico vamos. Ante la repugnancia que le inspiraba a Esteban la presencia de restos de comida en cubiertos y vajilla, éste se lo hizo saber. “Eso no pasa nada, lo que no mata engorda”- risa desagradable. Irónica respuesta después de todo, ¿no creen?

Hay historias de Esteban que me cuesta creer. Parece ser que la belleza rubenesca se pasa todo el día conectada a facebook y mesenger, mientras sigue acumulando kilos sin parar de toser. Hasta ahí, correcto. Pero lo increíble es que, según mi camarada, no para de jactarse de que ella folla más que ninguna de sus amigas, incluso más que las que tienen novio. Y es que Estela pretende verse irresistible y cree que los demás también la vemos así. Sobre este aspecto no creo que Esteban sea honesto y la anécdota más bien parece fruto de la inquina que le profesa a la pobre chica. No puede ser cierto que una mujer de semejante porte se ufane en ser una devora hombres. No cuestiono que lo sea, que puede serlo, pero si fanfarronea con ello es posible que haya algo que no funcione bien. Una mujer que presume de que no hay hombre que se le resista suena a camelo, exactamente igual que sonaría en un hombre.

Luego está el tema de los destrozos. Parece ser que cuando Estela entró empezaron a estropearse aparatos en casa: la lavadora, el váter, la ducha, los enchufes… La factura de la luz subió a más del doble (si bien eso puede ser efecto de las subidas de la compañía eléctrica). “Eso no es culpa de ella, Esteban, las cosas se deterioran del uso”– contradije a mi amigo. Pero no, él insistía: Una mujer que pone para su ropa hasta seis lavadoras diarias por fuerza tiene que acabar rompiéndola por mal uso; que se deja las luces encendidas, la vitrocerámica encendida, la estufa encendida; que usa toneladas de papel higiénico que tira por el váter… Me resisitía a darle la razón a mi maniático colega, pero las pruebas eran irrefutables.

Cambiar de compañero de piso podría funcionar, pero echar al hipopótamo es más que complicado; además de que más vale malo conocido que bueno por conocer. No hablemos de cambiar de piso o vivir solo, opción válida para aquellos que ganan más de mil euros.

Hay una edad para todo y a los treinta es mejor vivir solo o con tu novia. Aparte, Esteban, al que quiero mucho y es mi mejor amigo, es un perdedor de tomo y lomo. Es el precio que se debe pagar por ser pobre.

“Piensa que al menos tienes un hogar donde vivir”. Y con esto el pobre se conforma.   

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